Viator,
viajero por vocación, con el deseo de hacer más amena la espera, dando paso a
una conversación, en voz alta manifiesta...
- Santa Olalla del Cala, un humilde municipio onubense que, perdido en
las estribaciones de Sierra Morena, junto a la autovía Ruta de la Plata y con
una población de unos dos mil habitantes, ha logrado hacerse hueco en el
competitivo mundo del selecto y suculento jamón ibérico.
- Este pueblo es de los que más han perdido desde que construyeron la
autovía, pero como dice el refrán... “No hay mal que por bien no venga”, el
pueblo ha sabido aprovechar su riqueza porcina y, como se suele decir por
aquí... “Ha crecido como la espuma"
- Y, como dice el refrán que “la esperanza es lo último que se pierde” y, en
esta tierra de carencias y sufrimientos,
el optimismo y la creatividad del emprendedor andaluz, nos lleva a eso... a vislumbrar esperanza y crear futuro....
El autobús, como el taxi, se hace esperar y
Viator, mirando por la ventanilla, contemplando el horizonte de aquella
romántica parcela arropada por un cielo nocturno, límpido, despejado y enjoyado
con esa luminosidad que permite contemplar ese maravilloso brillo de estrellas,
perfila la silueta de su castillo. Castillo de Santa Olalla del Cala.
Momento en el que a su mente acuden
eslabones de historia en las estribaciones occidentales de Sierra Morena
protagonizados por Sancho IV, “El Bravo”. Una cadena, para los historiadores, “Banda
Gallega”, cuyo objetivo era frenar el avance musulmán y cuyo primer eslabón fue aquel castillo de diez torres que ve en aquel cerro.
La llegada del autobús que para junto al
taxi, frena en seco sus pensamientos. La puerta se abre y el señor Beni, “jefe
de grupo” del viaje, al que ya conoce Viator, se apea, le recepciona con un
saludo y le invita a subir.
Tras unos segundos para
despedirse del taxista, Viator sube a la plataforma del autobús, donde le
indican su número de asiento, pero antes de acomodarse, aprovecha para, tras un
generalizado saludo, presentarse al grupo y hacer llegar a todos el deseo de un feliz viaje.
Acomodado en su asiento, mirando por la ventanilla, Viator se traslada a la época romana y a su mente acuden el río Ribera del Cala prestando apellido a pueblos y minas de la zona. Minas como los yacimientos de hierro, cobre y magnetita cuya huella romana dejó patente en el término de Cala, en el enorme socavón reconocido como "Galería Romana". Yacimientos que, como Minas de Cala y Minas del Teuler, fueron explotadas hasta el pasado siglo influyendo notablemente en la economía de la zona como lo demuestra el tren minero que, salvando montañas y cruzando valles y pueblos como El Ronquillo y Guillena llegaban a la campiña buscando el embarcadero de San Juan de Aznalfarache por Camas y Tomares, alquería del término del mencionado San Juan, vinculada a Francisco de Orozco, Marqués de Zaudín y Vizconde de Tomares hasta 1881 en que el Gobierno Civil de Sevilla aprueba la separación de ambos municipios.
En ese acomodo, algo adormilado, pasada la emérita ciudad fundada por el primer emperador
romano Augusto, el autobús toma el desvío hacia Madrid.
Sobre las nueve horas, una
parada obligatoria de descanso del conductor, lleva a Viator a acercarse a la cafetería-restaurante para
desayunar. Terminado el desayuno, decidido a estirar los pies por los
alrededores, mirando al cielo, observa cómo
la Luna, siguiendo su recorrido, al
estar en dirección opuesta al Sol, deja ver la mitad de su disco iluminado, lo
que lleva a Viator a pensar que el satélite se está acercando a su cuarto
creciente.
El arranque del autobús, le lleva a ocupar su asiento. Después, el cansancio le puede y cuando se viene a
dar cuenta, se ve en Madrid en la zona de Barajas.
AEROPUERTO ADOLFO SUÁREZ Pasadas unas horas de espera en el aeropuerto,
más otra
de retraso, bajo la supervisión de Beni, el grupo inicia el papeleo, el
embarque y sube a un Boeing 737 de pasillo único, con dirección a Luxor.
Bien pasadas cinco horas de
vuelo, Viator, asomado a la ventanilla, deja de ver el mar, la arena y en su escudriñar
hacia abajo, entre la modelada tierra de arenisca y margas de matices claros y marrones, salpicada de
escasa vegetación, descubre las
techumbres de la ciudad de Luxor, construida sobre las ruinas de Tebas en la
orilla oriental del Nilo. Terminada la maniobra de aterrizaje, unos
minutos de silencio y en el avión resuenan los aplausos gratificantes de una
perfecta toma tierra.
Tras el trámite de visado de pasaporte y la
recogida de maleta, el grupo, acompañado de Beni, se aparta hacia un lateral
del aeropuerto donde un guía de habla hispana, contratado por la agencia, se
presenta como Akil, da la bienvenida al grupo e informa de las normas a seguir
durante la estancia en Egipto.
Siguiendo las instrucciones del guía,
Viator, como todo el grupo, le sigue hasta el autobús que, por la calle Sharía
al-Karnak, llega al crucero, el hotel flotante, donde recibe la llave del
camarote, se instala y se prepara para subir al comedor para la cena.

Texto extraído del libro El Nilo en mis manos
Autor José González Mayoral, Goma
Inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual
Imágenes ARCHIVOS Goma